Caprichoso plan
Atardecer de veranoEran las cinco de la tarde y Jaime ya no daba más.

Los cinco días de la semana laboral se habían hecho eternos.

Agobiado, cansado, estresado, estaba a punto de explotar.

Mientras trataba de poner orden a sus cosas, aquella frase daba vueltas en su cabeza. "Hoy lo haré" se repetía una y otra vez.

Hacía cinco años que deseaba hacerlo y, por fin, había llegado el día.

Eran las cinco de la tarde, la hora que, según él, era la indicada para llevar a cabo su plan.

La misma hora que, con letra temblorosa, había escrito en aquel papel.

-Ya está hecho.- Dijo en voz alta y comenzó a subir las escaleras.

Lunes.

La fecha estaba marcada en su calendario personal. Aunque no necesitaba anotarla. Jamás podría olvidarla.

Casi un año después de volver de su paso por el extranjero, Jaime había cometido un desliz. Rara vez se lamentaba por haberlo hecho. Y cuando lo hacía, se sentía culpable. Se decía que esas cosas pasaban y que no sacaba nada con arrepentirse.

-¿Quieres un trago?

Jaime tiró la pregunta al aire. No sabía por qué lo había hecho. No le gustaba hacerse el interesante.

Tampoco estaba acostumbrado a que le dijeran que sí.

-Bueno.- Fue toda la respuesta que obtuvo.

Sin embargo, no fue un trago.

Tampoco dos, tampoco tres.

Días después, sus amigos le dijeron que habían sido cinco. Él no estaba acostumbrado a tanto. Ya lo sabía desde antes. Perdía su autocontrol.

Bebió y bebió esa noche, sintiéndose cada vez más alegre. El cambio era notorio. De ser una persona tímida y callada, comenzaba a reír y a bailar con mucha más energía de la habitual. "Te vas por lo dulce", le decían.

Después de ofrecer aquella invitación, bailaron toda la noche. Fue así como la temperatura comenzó a aumentar. Y no sólo por el extremo calor de la estación en curso.

Verano.

Esa noche hacía mucho calor.

Y en aquella noche estival, no se fue solo.

Martes.

Jaime paseaba por el supermercado. Como si lo hiciera de memoria, recorría los pasillos de aquel local que había visitado tantas veces.

Casi por inercia, comenzaba a llenar su carro. Ya no necesitaba portar una lista. Después de tanto tiempo viviendo solo, sabía bien qué debía comprar y qué no.

Recordaba con exactitud que no debía llevar soya pues quedaba de la compra anterior. Recordaba con exactitud que debía cargar un paquete más de arroz porque quizás su intento de sushi no le saldría a la primera. Recordaba con exactitud cuánto era el total de su boleta el mes pasado. Recordaba con exactitud que debía pasar de largo por donde estaban ubicados todos los licores.

Sabía con certeza que había pasillos en los cuales no se detenía.

Excepto ahora.

Paseaba con su carro por el espacio dedicado al Hogar. Lo hacía sólo para observar. Jamás compraba nada de aquellas góndolas.

Bueno, una vez compró un plumón. Al menos eso decía la etiqueta. Debió ir a cambiarlo pues en su interior tenía tantas plumas como en el exterior las tiene un gato.

Desde aquella vez, decidió que sólo pasaría de largo.

Como era su rutina, hacía caso omiso a la mercadería ubicada en esos pasillos cuando un resplandor le llamó la atención. Se detuvo un momento y se acercó a mirar. Y ahí lo vio. Un set de cinco cuchillos de acero inoxidable que deslumbraban cada vez que las ampolletas del techo se reflejaban en ellos.

Tanto que se puede hacer con un cuchilloFilo.

Había uno para trozar. Otro para cortar el pan. Y otros dos que sabía que en su vida iba a ocupar.

Pero el que le llamó la atención era uno que, según la leyenda del envase, servía para cortar lo que él quisiera. Uno cuya hoja duraría muchos años.

Trató de creerlo. Y antes de que su mente le dijera que tal vez fuera otra mentira, suavemente lo dejó caer dentro del carrito.

Cinco meses estuvo guardado.

Abrió el cajón de los cubiertos y una mueca, como una sonrisa, se dibujó en su rostro.

Sonrió porque recordó que nunca tuvo muchas esperanzas en aquel instrumento. Y sonrió porque sabía que dentro de su plan ya tendría oportunidad de ocuparlo.

Sin haber tenido uso, el borde de aquel cuchillo, brillante y de acero inoxidable, había durado todo ese tiempo.

Miércoles.

Jaime vivía en un departamento. Tratando de emular el cómodo vivir que tenía en tierras lejanas, había arrendado uno que no quedaba cerca de su trabajo pero que sí llenaba sus expectativas. Con una buena vista, podía apreciar el mar desde su balcón y podía darse el lujo de tomar el sol en su amplia terraza.

Lamentaba no poder ocupar la piscina, pues era Primavera aún y estaba cerrada, pero al menos podía aprovechar aquellos cálidos rayos. Usar aquella instalación hubiera sido lo ideal para completar su último capricho.

Contaba con que, el día esperado, estuviera la azotea desocupada.

Encendió un cigarrillo y comenzó a caminar. Trataba de observar si había alguna falla. Y al parecer no la había.

La piscina estaba cerrada. Toda el área estaba cercada. Y el hombre del tiempo dijo que aquél sábado brillaría el sol.

Metió la mano en su bolsillo, sacó el teléfono celular e hizo un par de llamadas. En realidad, hizo cinco llamadas.

-¿En serio puedes?- Trató de sonar sorprendido.

Altura.

Cuando estuvo todo confirmado, botó la colilla, la apagó con el pie y luego la volvió a tomar. Fue hasta la orilla de la azotea, pero en vez de botarla en el basurero que estaba a menos de un metro de él, hizo un esfuerzo y la tiró por sobre la cerca.

Sonrió cuando la vio caer y caer.

Pensó en los veinticinco pisos que lo separaban del suelo.

Y sonrió al ver el filtro usado alejarse con el viento.

Jueves.

Durante los cinco días previos a ese fin de semana Jaime no pudo dormir bien. Quería que todo resultara perfecto y sus ideas le quitaban el sueño.

-Jaime, ¿tienes la columna del próximo lunes? Tú sabes que...

-Sí, la tengo.- No dejó que terminara de hablar.

Sabía que debía estar bien, a pesar de todo el estrés acumulado, quería seguir rindiendo en su trabajo. Había llegado al periódico como uno de los mejores redactores y debía demostrar que estaba al nivel que le pedían.

Abrió el cajón de su escritorio y sacó un frasco. Estaba lleno de cápsulas y puso en su mano una de ellas. Tomó un poco del agua embotellada que siempre llevaba y la tragó. No sabía si le serviría para estar despierto, pero al menos le quitaría el dolor de cabeza que en ese momento le invadía.

Apenas alcanzaron a pasar cinco minutos y ya estaba tomando otra.

Llegó a su hogar no queriendo saber de nada. No encendió el televisor, no escuchó música. Ni siquiera se quiso conectar a Internet. Algo muy poco usual en él.

Entró al baño y para refrescarse un poco mojó su cara y se miró al espejo.

-Todo saldrá bien.- Se dijo mirando su reflejo.

Se quedó observando su imagen un rato y en sus ojos brilló una luz. Aquel repentino fulgor que aparecía en su mirada cada vez que tenía una nueva idea o cuando recordaba algo que había olvidado.

Corrió a su habitación y abrió su clóset. Sonrió con una mezcla de tranquilidad y malicia.

Colores.

Esta foto no tiene nada que ver, pero a qué no son lindos los coloresSabía que aquellas pastillas no le harían ningún mal. A menos que las comiera todas juntas. Porque en aquel cajón no tenía una sola. Tenía cientos de ellas, cada una con una tonalidad distinta.

-Una ahora no me hará nada. Sólo una.- Se dijo.

La tomó con su mano derecha, la miró un momento y la tragó. Sin agua.

Era una y no le haría daño.

Al final fueron cinco.

Hizo un esfuerzo para no continuar y un poco más tarde se fue a dormir.

Viernes.

Jaime era muy unido a su familia. Siempre que podían se reunían y conversaban de la vida cuando se visitaban mutuamente.

Jamás había tenido problemas con ellos, salvo las discusiones que las familias generalmente tienen.

Esa vez no habían discutido.

Cinco años atrás se reunieron todos en casa de sus padres y Jaime llegó atrasado como de costumbre. Se había hecho esperar. Como dijo alguna vez, sabía que era la atracción principal.

Comieron todos tranquilamente y al finalizar la cena, les dijo que tenía algo importante que comunicarles.

Y sí que lo era.

Lazo.

Cuando terminó de hablar, miró a cada uno de sus padres y hermanos y esperó un comentario. Todo lo que obtuvo fue una sonrisa y un abrazo de parte de cada uno.

No esperaba menos.

Sonrió con cierta melancolía mientras recordaba esa escena y ataba firmemente una soga en la cerca de la azotea.

Antes de terminar, volvió a sonreír con un nuevo recuerdo.

Cinco meses atrás se habían reunido todos en casa de sus padres y Jaime llegó atrasado como de costumbre. Se había hecho esperar. Pero esta vez él no era la atracción principal.

Habló antes de comenzar a comer. Y como lo suponía, nuevamente tuvo la aprobación de su familia.

Era todo lo que necesitaba.

Tiró de la cuerda, comprobó que el nudo estuviera bien hecho, y luego de mirar las estrellas, suspiró.

Sábado.

Cinco.

Propósito.

Despertó muy temprano pero no se quiso levantar de inmediato. Contemplando la blancura del techo sólo pensaba en si lo que haría estaba bien o mal.

No. Nunca pensó que estuviera mal.

Sólo pensaba en que quizás no todo saldría como él quería.

"¿Acaso alguna vez todo resulta perfecto?" se preguntaba, sabiendo que él mismo respondería que no era así.

Luego de levantarse y tomar desayuno se dedicó a ordenar todas sus cosas.

Tenía mucho por hacer.

Cuando ya casi era la hora, tomó una caja, la abrió con más cuidado del que siempre ponía y antes de cerrarla nuevamente, sacó el artefacto que estaba en su interior.

Muchas veces le dijeron que no la comprara, pero él no había hecho caso. Llevado por sus ideas, jamás lo hacía.

Fue al baño, hizo el amague de arreglarse frente al espejo y colocó aquel aparato, ya cargado, en el bolsillo de su chaqueta.

No quiso tomar el ascensor y luego de darse ánimos en voz alta y convencerse de que no había marcha atrás, subió por la escalera. Tan sólo eran cinco pisos.

Llegó a la azotea, abrió las puertas y el sol dio de lleno en su rostro. Dándose sombra con su brazo izquierdo, vio a todos reunidos.

Lentamente se dieron vuelta a mirarlo. Y como siempre lo quiso, trató de sorprenderlos.

Un pequeño giró para ver al recién llegado.

Comenzó a correr y con sus ojos muy abiertos vio como Jaime, con el rostro serio y mano firme, sacaba rápidamente algo muy brillante de su bolsillo.

El niño se detuvo y, con la mirada aún más sorprendida, no alcanzó a decir nada.

La mujer que estaba cerca sólo atinó a voltear sobre sí misma y dar la espalda mientras ahogaba un grito.

-¡No!

Cinco palomas intrusas que caminaban por el techo salieron volando al escuchar ese ruido.

Cinco dedos, evitando un disparoY Jaime disparó.

Julián.

Era el sábado 5 de Octubre de 2013.

Hacía cinco años, Jaime se había reunido con su familia y luego de una exquisita y acogedora cena, les había contado que sería padre.

Padre soltero, porque no pensaba casarse.

Después de aquella noche de baile y alcohol en aquel ardiente verano, el desliz esperó nueve meses para tener nombre y Julián Rodrigo Durán había nacido.

La relación con la madre de su hijo no fue de las mejores. Ella supo desde un principio que él no se casaría. Pero también sabía que se haría cargo de todos los gastos del bebé.

-Nada le faltará.- Le había dicho en una ocasión.

Sin embargo, a Julián le faltaba algo. Y a Jaime también.

Al descubrir que su hijo no tenía todo el cariño y el cuidado que necesitaba, tomó las riendas del asunto y decidió pelear por la custodia del menor.

Hacía cinco meses, Jaime había reunido a su familia para contarles que había ganado el juicio y que, luego de varios trámites más, se haría cargo en persona de su primogénito.

Era el sábado 5 de Octubre de 2013 y su hijo cumplía cinco años.

A regañadientes, ella lo había ido a dejar, pues aún quedaban algunos papeles por firmar antes de que Julián viviera definitivamente con su padre.

Y dando un grito, con sus manos trató de taparse el rostro para no ser fotografiada de improviso.

Jaime le sonreía al pequeño luego de tomarle aquella foto. Julián, como niño travieso y con los ojos brillantes como los de su padre, le sonreía de vuelta.

Fiesta.

El capricho de Jaime, celebrar por cuenta propia el cumpleaños de su hijo, ya estaba cumplido.

El lugar quedó todo desordenado y una piñata que costó reventar seguía colgada de la cerca de la azotea.

Mientras en el suelo aún estaban esparcidos algunos dulces de varios colores.

El festejado aplaudió cuando todos los invitados, grandes y chicos, gritaron al ver llegar la torta.

-¡Feliz Cumpleaños!- Lo saludaron todos contentos.

Después de que el menor apagó una vela con el número cinco y pidió sus deseos, la madre de Jaime comenzó a repartirla, cortando trozos con aquel cuchillo que jamás había sido usado.

Jaime se acercó a su hijo, lo tomó en brazos y Julián, con mucha ternura, le dijo al oído "Gracias papá" besándolo en la mejilla.

Y antes de que el sol se ocultara, el orgulloso padre, olvidado ya de su estrés, rió al ver varios globos alejarse volando.

A su espalda, una tarjeta de "Te invito a mi Cumpleaños" flotaba en la piscina y su "A las 5 de la Tarde. No faltes" escrito a mano comenzaba a borrarse.

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    Mr. Fawkes
    La Serena - Chile
    Libra - Soltero
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